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Archive for 29 julio 2017

LA CARNE RUSA

Mientras mi cuerpo resiste a un resfriado de verano y a través de los auriculares me reconforta el espíritu la voz inmortal de María Callas, me dispongo a compartir una experiencia gastronómica reciente y que de paso, me da pié a enredarme por los vericuetos de la cultura.

Si, ya se que el título se las trae y es más propio de una novela con tintes eróticos, pero van a descubrir enseguida que es algo bastante más simple a la par que alimenticio.

Servidor sabe que el metro de Moscú es grandioso porque lo ha visto en fotos o que Iván Turgueniev, León Tolstoi y Dostoievski son escritores rusos porque algo ha leído. Si me apuran les diré que incluso conozco algo de pintura rusa y por supuesto hasta el nombre de sus ríos y montes. Por ver, incluso me tragué enterita El Acorazado Potemkin. En el mejor de los casos se trata de un ligero barniz que no aguantaría el paso de una punta de alfiler, porque lo que se dice conocer de la Rusia diaria de su idiosincrasia, su gastronomía, sus costumbres, me confieso ignorante versión 3.0.

Fue en Cuba y a través de amigos cubanos donde yo conocí, de oídas, la excelencia de la industria conservera rusa, ya que salvo las latitas de caviar del cambullón o las de cangrejo ruso que de vez en cuando nos traía mi padre, el resto era un mundo desconocido para mí.

Tampoco es que se nos suministrara información al respecto, porque para los medios de comunicación españoles, Rusia, con Putin, Kruschev o Gorbachov​ siempre fue ese país donde la gente tiene cuernos, rabo y huele a azufre.

El caso es que hace muy poco tiempo pude comprobar, en paladar propio, que los rusos, tal vez empujados por la dureza de su clima, que les obliga a hacer acopio de alimentos para el crudo invierno, son auténticos maestro en eso de conservar la comida y en muchos casos nos pueden dar lecciones magistrales.

Fue Lera, una casi familia rusa a quien quiero más que si lo fuera, la que, acordándose de una idea que mantengo latente, quiso regalarme una pequeña muestra de las conservas de su país.

Les confieso que tuve cierta aprensión cuando abrí la primera lata de carne, pero desapareció cuando me llegaron los aromas del contenido. Desde el aspecto al sabor, todo invitaba a completar aquello con unas buenas papas fritas y sus correspondientes huevos. Nada que ver con esas latas de carne molida a la que estaba acostumbrado. Razón tenían mis amigos cubanos cuando cantaban las maravillas del laterío ruso y eso que ellos no llegaron a probar las sardinillas ahumadas, en aceite sobre una tostada untada de queso azul.

Este camino, el del conocimiento de Rusia a través de su industria conservera, pienso seguir transitándolo a pesar de los vetos y de las intolerancias de unos y de otros.

 

 LA RECETA.-

Llegados a este punto, lo suyo sería poner una receta rusa como Borch, la Solianka o cualquier otra, pero eso ya lo puede buscar cada uno en la red.

Lo que les propongo aquí, es un divertimento a modo de entrante a base de tostadas, mejor hechas en casa, queso azul y sardinillas picantes a falta de las ahumadas de mi regalo.

Ingredientes.-

Tostadas, según la cantidad de gente.

Sardinillas en lata, mejor picantes.

Queso azul de untar.

En este ritual, cada quien será su propio oficiante y así dura un poquito más el comistraje.

El asunto aguanta su par de copitas de Manzanilla o Fino bien fresquito

 

 

 

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